El arquitecto australiano, ganador del Premio
Pritzker en 2002, afirma que abunda la falsa
ecoarquitectura, y que para diseñar
hay que entender los ciclos de la naturaleza
de cada región
Sabe cómo enseñar a mirar el
mundo de otra manera y es, a su vez, un aprendiz
metódico de la naturaleza; respetuoso
innato del entorno que lo rodea. Glenn Murcutt,
reconocido como el gran arquitecto australiano,
trabaja solo en su estudio sin que nada lo
interrumpa y se reconoce a sí mismo
como un fanático de la arquitectura.
Ganador del Pritzker 2002, valora sus premios
como meros reconocimientos y, en su paso por
Buenos Aires, dice que no les da importancia
ya que a la hora de ejecutar su obra, ésta
debe adaptarse exclusivamente al entorno natural
y plasmarse en el modo en que él cree
que es el correcto.
-¿Cómo comienza su contacto
con esta arquitectura tan conectada con el
entorno y la naturaleza?
-Todo es naturaleza, nosotros lo somos y sería
disparatado construir de una forma ajena a
nosotros. Cuando era niño, tendría
unos 12 años, vivía en casa
un tío que había volado durante
la I Guerra Mundial. Yo estaba fascinado por
saber cómo era posible que un avión
pudiera mantenerse suspendido en el aire mientras
volaba. Así, él comenzó
a enseñarme, y yo me dispuse a observar
y aprender, cómo choca el aire en el
ala de un avión o de un pájaro,
cómo la atraviesa por arriba y por
abajo, y cómo se producen las presiones
de las que habla el principio de sustentación.
Además, en mi casa había siete
pianos; siempre fui un enamorado de la música
y las matemáticas, y a los 20 años
ya era concertista. Así descubrí
que en la vida también todo es matemático,
que la música es matemática.
-¿Cómo aplica en sus obras
estos principios tan valiosos que fue adquiriendo
de niño y lo aprendido durante su juventud?
-Surgen solos y solos vienen a mi cabeza,
no tengo que pensar, ya están allí.
El medio ambiente y la obra son para mí
como una sinfonía en la que todo debe
sonar perfecto. Mi obra nace de mí
al concebirme, primero como hombre, como parte
esencial de la naturaleza y del impacto que
vamos a provocar uno en el otro. Así
logro que en una casa de campo, por ejemplo,
el viento penetre a 5 kilómetros por
hora, la recorra, saque por las diferencias
de presión el aire caliente y refresque
todas las habitaciones impregnándolas
con el aroma de las flores del lugar.
-¿Cómo influyeron los diferentes
movimientos arquitectónicos ligados
con la naturaleza?
-Cuando era joven, antes de comenzar arquitectura,
mi padre me mostraba imágenes de las
obras de Mies Van der Rohe, de Frank Lloyd
Whrigt, entre muchos otros. Esto forma parte
del crecimiento de uno y lo importante de
las influencias es que tienen que ver con
la conciencia; con el tiempo que uno ha pasado
pensando, incorporando los principios y las
relaciones con el paisaje, con la naturaleza
y realizando sus propias ideas. Si uno hace
algo que realmente le gusta es porque eso
está dentro de uno. Es muy diferente
de hacer copias esclavizantes; es entender
los principios y ser capaz, al ver algo, de
exclamar "lo entiendo", en lugar
de "me gusta". Estas son las verdaderas
influencias.
-¿Hasta qué punto va fusionándose
la naturaleza con su obra?
-La naturaleza es una cosa y la edificación
es otra. Ambas deben dialogar, articularse,
pero nunca fusionarse ya que la fusión
es artificial. Se debe respetar y adaptar
el entorno en función del hombre y
sus necesidades, y así los edificios
no pierden su personalidad, como muchos creen,
sino que la ganan en el paisaje, el entorno,
ya que cada elemento resalta su propio carácter.
En un clima haré una casa con techos
a dos aguas; en otro, con techos voladizos
curvos; no hay límites en las formas.
Es la cultura del lugar, la latitud, la longitud,
la topografía, el giro del sol, el
viento y el régimen anual de lluvias,
entre otras cosas, los que determinarán
qué diseño tendrá cada
obra.
-¿Cómo ve hoy los postulados
de la ecoarquitectura y de la arquitectura
sustentable?
-La sustentabilidad se ha transformado en
una frase hecha. Todo el mundo habla de la
arquitectura sostenible y a la mayoría
no le importa dónde está el
sol y menos de dónde viene el viento.
¿Cómo pueden hablar de eco arquitectura
si no saben en qué latitud y altitud
van a trabajar? Si uno no entiende esto, no
entiende cómo construir según
las verdaderas técnicas ecológicas.
Pero lo más importante es que realmente
debe ser arquitectura bella, ya que puedes
hacer todo lo que te dije que hace falta y
producir muy mala arquitectura. La mayoría
de la arquitectura llamada ecológica
es horrible, y esto ocurre porque no está
integrada verdaderamente la ecología
al pensamiento del que construye, y de ecoarquitectura
solamente lleva el nombre. En 1974 reformamos
con mi esposa nuestra casa de Sydney, que
es del período de la Federación
(1902-1915), un período conceptualmente
parecido al victoriano en Gran Bretaña,
pero posterior cronológicamente. En
esa reforma reutilicé todos los ladrillos
y el mortero existentes, y en los cambios
que hice, sólo por dentro, no hubo
ningún tipo de desperdicio. En esto
debería basarse la sostenibilidad:
el modo en que uno juntó las cosas
nos va a decir, luego, si podrá recuperarlas
y reutilizarlas de un modo económico.
No es posible hablar de sostenibilidad si
hay que hacer otro proceso industrial enorme
y costoso, sino que debe ser tan simple como
aflojar un tornillo.
-¿Cómo hace para aplicar todos
estos conceptos en las ciudades, o en lugares
alejados de la flora y la fauna?
-En Sydney, por ejemplo, lo más importante
es orientar exactamente al Nordeste, de donde
viene el aire más limpio, puro y fresco
del verano, y aplicar los principios que uso
desde hace 30 años y que hoy son tomados
como medioambientales para las zonas urbanas.
Buenos Aires está a una latitud similar,
un grado más al Norte, cerca de un
gran río y se trabajan los mismos principios.
Sin embargo, hay un punto esencial y es que
se debe entender y respetar la cultura de
cada pueblo. Como me enseñó
el gran arquitecto catalán José
Coderch, la cultura son cientos de capas de
años que se encuentran detrás
de uno, y este concepto me sirvió para
entender mi propia cultura. Así que
nunca puedo decir cómo debe diseñar
un arquitecto australiano o argentino en su
tierra ya que debo interesarme en qué
puedo lograr yo con la arquitectura en la
cultura, tecnología y medio ambiente
que encuentro; cómo es esa topografía,
esa geomorfología y geología,
cómo es el cuadro de mareas, el movimiento
del agua, entre tantas cosas.
-Con todo respeto, el modo en que hace su
trabajo y las variables que tiene en cuenta
me recuerdan mucho al modo en que trabajaban
los maestros del siglo XIII, cuando levantaban
las grandes iglesias cistercienses
-Es un poco así, aunque yo estoy alejado
de la religión. Sólo puedo decir
que soy un pequeño arquitecto que trabaja
solo y de una forma muy sencilla, sin fax,
ni celular, ni correo electrónico,
y tratando de hacer mías las palabras
de Henry David Thoreau: "Las cosas que
hacemos, mayormente ordinarias en la vida
común, debemos hacerlas extraordinariamente
bien y que puedas andar por la vida sin que
nadie sepas quién eres". Ahí
reside un secreto: trabajar en forma silenciosa
y tranquila, y después, quizá
conseguir una buena sorpresa. Nadie en Australia
sabe qué hago ni conoce mis obras;
entonces, de este modo, tampoco me proyecto
a mí mismo, sólo cuando llega
el momento. Hoy en el mundo hay mucha talkitecture
. Mejor, no hables de sustentabilidad... ¡sólo
hazlo!
Por Gonzalo Graña Velasco
Para LA NACION
Fotos: gentileza Glenn Murcutt, Anthony Browell
Se
autoriza la reproducción parcial o total,
mencionando la fuente.
Ver
notas anteriores y otros contenidos en el
BLOG